El pastor explicó que los hijos de Dios, al aceptar a Jesucristo, reciben vida abundante y pasan instantáneamente a la presencia divina al morir, citando el amor del Padre que nos permite ser llamados hijos de Dios según la primera carta de Juan.
Ahora somos hijos de Dios aunque el mundo no nos reconozca porque no conoció a Jesús, pero cuando Él se manifieste seremos semejantes a Él al verlo tal como es, transformándonos en su gloria durante el milenio en la tierra.
El mundo espiritual ve el sello de propiedad de Dios en nosotros, pero el natural intuye algo diferente; el diablo odia este privilegio que él anhelaba, queriendo subir al cielo para ser semejante al Altísimo como dice Isaías, pero cayó al abismo.
Dios regala a sus hijos esa semejanza que Satanás codició, mientras vemos oscuramente ahora pero cara a cara después, transformados de gloria en gloria por el Espíritu.