La pareja argentina Pablo y su esposa, en luna de miel en la isla Phi Phi de Tailandia, sobrevivió al devastador tsunami del Océano Índico de 2004, provocado por un terremoto submarino de magnitud 9,1 en Sumatra que generó olas de hasta 50 metros. Mientras esperaban un bote, el mar los arrastró con escombros, pero lograron trepar a una lancha y remar hacia la playa, sin ver sobrevivientes en el caos de maderas y fierros.
En la playa, organizaron un hospital de campaña improvisado con reposeras, suero y un kit de primeros auxilios para asistir a los heridos graves y politraumatizados que llegaban. Pasaron la noche en el spa del hotel por temor a réplicas, rodeados de helicópteros que evacuaban heridos en una escena de guerra, con carpas y luces constantes. Al día siguiente, impactados por la resiliencia de los locales que servían desayuno como si nada pese a perder casas y familiares, vieron cuerpos apilados en la playa.
Tomaron un ferry a Phuket en silencio absoluto, rodeados de familias llorando y un mar lleno de hojotas flotantes, en una carrera al aeropuerto convertido en hospital. Tuvieron suerte con sus pasaportes y vuelos intactos, regresando a Buenos Aires un día después, sintiendo culpa por no ayudar más y un antes y después emocional. El desastre causó más de 220.000 muertos y daños ambientales graves como envenenamiento de suelos y aguas.
Años después, reflexionan sobre la vulnerabilidad ante la naturaleza, la impotencia contra fuerzas gigantescas y cómo la experiencia fortaleció su relación, viéndola como un aprendizaje vital pese al trauma.