En Alemania, el automóvil se ritualiza como un becerro de oro, con orgullo por marcas globales y presencia omnipresente sin cuestionamientos.
Un tercio de alemanes no conduce (13 millones adultos sin licencia, niños), pero autos ocupan espacio público masivamente.
Expertos critican la dependencia irracional pese a cifras racionales para rediseñar movilidad.