Un hombre contó que pasó los primeros tres años en prisión llorando todos los días por una falsa denuncia de su expareja, hasta que aprendió a defenderse en el sistema judicial que lo presumía culpable.
La jueza le dijo que su vida era de familia y que debía acostumbrarse a ser un cajero automático para pagar cuota alimentaria, labor social y escuela sin reclamar nada, advirtiéndole que no la vería más.