Francisca relató su historia de sufrimiento desde niña con ruidos, pesadillas y pensamientos de no encontrar sentido a la vida, que empeoraron en adolescencia con rebeldía y en adultez con una voz que le ordenaba matarse.
Planeaba suicidarse diariamente pero se frenaba por su madre; cayó en depresión profunda, salía a llenar vacíos pero volvía a llorar. Su madre la invitó a la Iglesia Universal, donde leyó testimonios transformadores en el diario.
Aceptó ir los viernes y domingos, obedeció la palabra de Dios, la puso en práctica y recibió el bautismo en el Espíritu Santo. Su vida cambió por completo.
Hoy es feliz y lleva esa felicidad a otros, aconsejando buscar a Dios y practicar su palabra para llenarse de su presencia.