En el Liceo Municipal de San Cristóbal, Santa Fe, el portero Fabio se abalanzó heroicamente sobre Gino, el alumno de 15 años que mató a su compañero Ian con una escopeta calibre 22, desarmándolo cuando intentaba disparar más y evitando una masacre mayor, ya que llevaba 50 cartuchos.
María López Brown reporta en vivo el estado de shock absoluto en la comunidad: docentes y alumnos reciben atención de un gabinete de psicólogos provinciales en reuniones grupales, sin fecha para el regreso a clases, planeando cambios como ingresar por la plaza para evitar recuerdos traumáticos del patio y timbre.
Revelan que Gino, elegido mejor compañero el año pasado por su curso, estaba en tratamiento psicológico reciente por autolesiones y pensamientos suicidas desde los 10 años, sin bullying evidente ni comportamientos extraños advertidos; su familia niega alertas previas, y el arma provenía de la forrajería familiar, posiblemente con municiones de una caza reciente.
La víctima Ian tenía una tía que trabajaba en su casa como niñera; circulan amenazas por WhatsApp que investigan, y padres reportan pesadillas e insomnio; la familia del agresor enfrenta cuestionamientos por acceso al arma, en un contexto cultural rural donde es común manipular armas de caza.
Debaten la responsabilidad adulta en el acceso de menores a armas y municiones, destacando contradicciones en testimonios familiares y la premeditación evidente del ataque.