Maximiliano "Junior" Solich, un adolescente de 15 años, cometió en 2004 la primera masacre escolar de Latinoamérica en Carmen de Patagones, Buenos Aires, al armar un arma automática en el baño y disparar 12 proyectiles en 7 segundos contra un aula llena, matando a tres compañeros e hiriendo a varios más. Pablo Morosi, coautor del libro sobre el caso con Miguel Braillard, destacó similitudes con el tiroteo de San Cristóbal: acceso fácil a arma familiar, edad similar, comunidades rurales y perfiles tranquilos sin violencia previa.
Junior, hijo de un prefecto, usó una pistola de su padre; en Santa Fe fue escopeta del abuelo. No había bullying confirmado ni motivos claros; el chico construyó resentimiento desde la infancia por peleas en el jardín y burlas por un grano, explotando ese día. Declarado inimputable por ley (cumplía 16 días después), acumuló un expediente enorme con entrevistas psicológicas que no explicaron la "sinrazón" del acto.
Posteriormente, Junior pasó por prefectura, instituto de máxima seguridad para menores, neuropsiquiátrico con salidas progresivas y hoy, con 37 años, vive en semilibertad supervisada sin pena penal pero con "pena perpetua" por falta de alta. La jueza María Gabriela Marrón responsabilizó al colegio por no advertir señales como apatía y pensamientos suicidas, similar a Santa Fe.
Morosi alertó sobre patrones globales en adolescentes (12-20 años) con conflictos familiares y acceso a armas, agravados hoy por redes sociales que contagian ideas de masacres como Columbine. Pidió protocolos, observatorios educativos y atención a autoagresiones, ya que Argentina rankea segundo en suicidios adolescentes.