Las poblaciones de animales marinos realizan migraciones precisas de miles de kilómetros a través de océanos y continentes para llegar al destino en el momento exacto. Una profunda conexión misteriosa impulsa a las ballenas francas australes a volver repetidamente a las costas de Península Valdés en el Atlántico Sur.
En invierno del hemisferio sur, la primera ballena franca austral llega a la península desde los mares australes fríos donde se alimentó durante verano y otoño. Las hembras encabezan estas migraciones seguidas por grupos familiares de dos a diez individuos, formando la población más grande del Atlántico Sur con más de 2.000 ejemplares registrados.
Estas ballenas usan Península Valdés como principal área de reproducción, escapando del frío invernal antártico hacia aguas cálidas y tranquilas. Permanecen en la zona desde invierno hasta fin de primavera, luego migran al sur de Brasil en un circuito que incluye áreas de forrajeo en la convergencia subantártica.
Expertos explican que las poblaciones se recuperan de la caza del siglo XIX y reocupan áreas tradicionales, beneficiándose de aguas mansas para que las madres críen crías con mínimo gasto energético. El ciclo reproductivo dura tres años, con gestación de un año, lactancia y reposo.