El conflicto entre Israel, Estados Unidos e Irán profundiza con bombardeos cruzados que atacan infraestructuras clave como plantas desalinizadoras de agua en la región del Golfo Pérsico.
Los ataques estadounidenses destruyeron una planta en una isla iraní, mientras Irán habría bombardeado la de Bahrein. Estas instalaciones proveen gran parte del agua potable en países del Golfo, convirtiéndolas en objetivos estratégicos que generan escasez inmediata y contaminación por dióxido de azufre y nitrógeno.
La destrucción busca provocar revueltas civiles contra gobiernos, además de impactos en energía y operaciones. Esto viola normas del derecho internacional, similar a casos en Gaza, Siria y Ucrania, causando enfermedades y muertes irreparables entre la población.
En guerras pasadas se usó el agua como arma; hoy afecta hospitales y suministros civiles, pese a reglas que prohíben atacar no militares ni provocar hambrunas.