Israel vivió las últimas 48 horas como el "Viernes Negro" con más de 200 cohetes y misiles lanzados por Irán y Hezbollah, junto a 29 oleadas de drones, relató la periodista mexicana Alejandra Barab desde el país. Un impacto directo destruyó más de 300 viviendas en el norte, en el pueblo de Sarcís, y dejó más de 80 heridos. Los atacantes usan bombas de racimo ilegales, prohibidas por tratados internacionales, que se fragmentan en hasta 80 cabezas para saturar las defensas aéreas y penetrar refugios.
La población vive agotada por las alertas constantes, con sirenas que dan entre 90 segundos y 10 minutos para refugiarse, dependiendo de la distancia al misil. Barab contó que en su ciudad tienen 90 segundos para llegar a un refugio; ella tiene uno en casa, pero muchos vecinos deben correr media cuadra o más, como padres ancianos que tardan 60 segundos agitados. La arquitectura israelí obliga refugios en casas desde los años 90, con puertas y ventanas reforzadas, además de públicos en parques y escuelas.
El gobierno informa logros militares como la reducción del 60% en capacidades balísticas enemigas, pero no da fecha de fin al conflicto. Las escuelas, que reabrirían la próxima semana, se postergaron hasta Pesach (dos semanas) por ataques de Hezbollah. Los niños mayores asisten a clases por Zoom, pero los pequeños tienen solo media hora diaria, generando estrés familiar al tenerlos 24/7 en casa, similar al coronavirus pero con bombas cayendo.
Barab, madre de cuatro hijos de 13, 11, 8 y 4 años, espera que sean las "últimas oleadas" porque se acaben las municiones enemigas, aunque las noches sin dormir por alarmas a las 2:35 de la mañana marcan el cansancio general.