Abraham le creyó a Dios cuando, siendo anciano y sin hijos, le prometió que heredaría naciones y su descendencia sería numerosa como las estrellas del cielo.
El pastor enfatiza que quien no anda con Dios por fe, Dios no andará con él por incredulidad, y la primera razón para no dudar es la gloria e honra de Dios, quien siempre cumple sus promesas.
Dios se deleita con la fe audaz, ya que sin fe es imposible agradarle, y Jesús se asombró por la fe de un centurión romano y una mujer sirofenicia, más que por la de su propio pueblo.
Estos extranjeros vieron milagros porque creyeron primero: el esclavo del centurión fue sanado y la hija de la mujer liberada de un demonio.