Ariel Grossman, argentino que estuvo varado en Israel por la guerra, relató su evacuación en un vuelo organizado por una entidad israelí desde Tel Aviv. Llegó a Buenos Aires tras un periplo de 48 horas vía Barcelona y Roma, ya que la mayoría de las aerolíneas suspendieron vuelos y Argentina no dispuso repatriaciones oficiales, aunque la embajada mostró predisposición.
Grossman describió la vida cotidiana bajo alerta constante en Tel Aviv y el norte del país, donde las sirenas suenan de noche obligando a correr a refugios con mochilas preparadas con pasaporte, agua y documentos esenciales. Dormía vestido las primeras noches, con interrupciones a medianoche, las 2 y las 4 de la mañana, generando un estado de tensión física por el insomnio acumulado.
Destacó la claridad de las instrucciones de seguridad, la efectividad de las defensas aéreas que interceptan más del 90% de los misiles y la solidaridad en los refugios, donde la gente comparte comida y música. Aunque sintió pena al partir sin visitar amigos, experimentó alivio por tranquilizar a su familia en Argentina y ganas de volver cuando pase la guerra.
Los momentos más impactantes no fueron explosiones cercanas, sino escenas humanas como niños jugando en sótanos, una embarazada preocupada por llegar al hospital o el cumpleaños de su sobrino de tres años celebrado en un refugio entre alarmas, rodeado solo de vecinos.
En los refugios se sintió seguro, con provisiones compartidas, y al salir prevalecía la calma por las altas tasas de intercepción, pese al riesgo residual del 2% de misiles que caen con víctimas.