Magalí, periodista que vivía en el edificio siniestrado por el derrumbe de la cochera, describe el día 3 de una pesadilla con angustia e incertidumbre total sobre cuándo volverán a sus departamentos.
Los vecinos están dispersos en hoteles pagados por la constructora, mientras inician apuntalamientos y peritajes judiciales que mantienen las entradas tapiadas. Magalí se instaló temporalmente en casa de un amigo en el complejo, pero planea ir a un hotel para presionar a la constructora.
Salió solo con lo puesto y rescató su gata y algo de ropa una vez; ahora depende de donaciones de amigas, jardín de sus hijos y viandas. Pierde confianza total en la estructura: "A mí no se me quebró solo la loza de la cochera, a mí se me quebró la confianza".
Su auto quedó bajo tierra y será demolido con el resto; agradece que no fueron ella ni sus hijos de 2 y 4 años, que jugaban en ese jardín dos horas después del colapso. Vive día a día, con cabeza colapsada, sin remedios ni rutina, dudando de todo edificio.