Joaquín Levinton relata una anécdota de los 90 cuando visitó a Andrés Calamaro en su casa durante su etapa de experimentación química.
Calamaro hablaba sin parar durante 10 horas, pasando de Frondizi a Miguel Abuelo sin dar espacio para responder, hasta que Levinton se desmayó por baja presión.
Levinton intentó escapar pidiendo que parara, pero Calamaro no frenaba y el encuentro duró de las 10 de la noche a las 10 de la mañana.
Finalmente, con la última fuerza tocó el ascensor y escapó, quedándose con el acento de Calamaro por dos meses.
La casa era caótica y Calamaro insistía en que se pusiera cómodo.