Cuando una persona ya mató una vez y comete un segundo homicidio, el miedo inicial desaparece y comienza a surgir la autoconfianza.
Esta arrogancia recién adquirida puede llevar al asesino a cometer errores que faciliten su captura.
En el caso narrado, la asesina creía que las cosas le salían muy bien y que tenía todo bajo control.
De todas maneras, aún faltaba tiempo para que cayera en sus errores, mientras gritos como "¡Ay, ay, que me ayude!" interrumpen la narración.