Marcelo, desde Israel, describe que la vida está bastante congelada por las alarmas de misiles, aunque no hace falta asistencia social porque la sociedad cuenta con alimentos y refugios suficientes.
Las clases se suspendieron por la fiesta judía de Purim y el conflicto bélico; los chicos asistieron solo una hora disfrazados en un carnaval simbólico y volvieron rápido a casa, mientras las lecciones se imparten por Zoom.
Marcelo tardó dos horas en encontrar una peluquería abierta, lo que ilustra que la rutina funciona a media máquina, aprovechando ventanas entre alarmas que suenan cada hora o dos.
Se interrumpe la charla para una noticia de último momento antes de abordar los ataques a embajadas estadounidenses.