Una nueva ola de estafas cibernéticas esclaviza a víctimas en centros de fraude en China, donde operan redes que usan apps como Tinder e Instagram para seducir y extorsionar dinero.
Patrick K., un informático alemán de 35 años, cayó en la trampa al chatear con una supuesta joven atractiva que inició contacto con mensajes eróticos simples como "¿Cómo estás?", pasando de aburrimiento a alusiones sexuales.
Exesclavo Haolu, ahora en Ámsterdam, escribía esos mensajes en centros chinos y estafaba diariamente; revela una industria horrenda que genera miles de millones anuales en ganancias para redes sociales y delincuentes.
Las víctimas como Patrick ignoran los centros de fraude al otro lado, donde personas son secuestradas y forzadas a operar, prometiendo historias y archivos para exponer la red global.