Olmi comparte la muerte reciente de su madre y el nacimiento de su nieta, eventos que lo reconectan con el ciclo de la vida, y evoca el libro de poesía "Canto a mí mismo" de Walt Whitman, conservado por su madre adolescente, que resuena en él con la idea de que todos somos uno en el universo, como lo macro y lo micro.
Habla de su deseo de jugar fútbol como hace 30 años, practica Tai Chi y se sumerge en el mar frío para mantenerse elástico, y atribuye su elocuencia a una herencia familiar de oradores, martilleros y profesores, que canaliza como actor y comunicador.
Reflexiona sobre el poder del silencio frente a su tendencia a hablar mucho, compara los aplausos con caricias primitivas que todos buscan para ser aprobados, y destaca la importancia del sexo como forma de placer y contacto, no solo genital sino eros en comida, mirada y conversación, citando un chiste de su padre sobre el orgasmo como límite divino.
Da consejos a un joven de 16 años para encontrar su esencia bajo las capas de personalidad, inspirado en Alejandro Jodorowsky, recupera la fe innata que todos tienen para resistir, y ve la muerte como un misterio fascinante a resolver, como planteó Jane Goodall antes de morir.