La Comisión Episcopal de Comunicación Social y la Televisión Pública presentan El Ángelus del Papa. Muy buenos días. A continuación el Papa León nos ofrecerá el comentario del Evangelio de hoy y luego recibirá la oración Mariana del Ángelus.
Buena domenica, queridos hermanos y hermanas, feliz domingo. Hoy, primer domingo de cuaresma, el Evangelio nos habla de Jesús, que guiado por el Espíritu, va al desierto y es tentado por el diablo. Después de ayunar durante 40 días, siente el peso de su humanidad, el hambre a nivel físico. Y las tentaciones del diablo a nivel moral, enfrenta la misma dificultad que todos experimentamos en nuestro camino, y resistiendo al demonio, nos muestra cómo vencer sus engaños y sus trampas. La liturgia con esta palabra de vida nos invita a considerar la cuaresma como un itinerario resplandeciente en el que con la oración.
El ayuno y la limosna, podemos renovar nuestra colaboración con el Señor para hacer de nuestra vida una obra maestra irrepetible. Se trata de permitirle eliminar las manchas y curar las heridas en el pecado haya podido causar en ella. Y de comprometernos a hacerla florecer. Con toda su belleza hasta alcanzar la plenitud del amor, que es la única fuente de felicidad verdadera. Es verdad, se trata de un camino exigente y existe el riesgo de que nos desanimemos o de que nos dejemos seducir por los caminos de satisfacción menos agotadores como la riqueza, la fama y el poder.
Estas tentaciones, que también fueron las de Jesús, no son más que pobres sucedáneos de la alegría para la que fuimos creados y que al final nos dejan ineditable y eternamente insatisfechos, inquietos y vacíos. Por eso San Pablo VI enseñaba que la penitencia, lejos de empobrecer nuestra humanidad, la enriquece, purificándola y fortaleciéndola en su camino hacia un horizonte que tiene como término el amor y el abandono en el Señor. De hecho, la penitencia, al tiempo que nos hace conscientes de nuestras limitaciones, nos da fuerza para superarlas y vivir con la ayuda de Dios. Una comunión cada día.
En este tiempo de gracia, practiquemosla generosamente, junto con la oración y las obras de misericordia. Demos espacio al silencio. Apaguemos un poco los televisores, la radio y los smartphones. Meditemos la palabra de Dios. Acerquémonos a los sacramentos. Escuchemos la voz del Espíritu Santo, que nos habla al corazón, y escuchémonos unos a otros en las familias, en los lugares de trabajo y en las comunidades. Dediquemos tiempo a los que están solos, especialmente a los ancianos, a los pobres y a los enfermos. Renunciamos a lo superfluo y compartimos. Damos lo que ahorramos con quienes carecen de lo necesario.