Durante años se nos vendió la idea de que reemplazar petróleo, gas y carbón por energías limpias salvaría el planeta, pero esa promesa tiene letra chica porque no se reemplazan, sino que se suman a la matriz energética existente.
Las renovables consumen recursos como litio, cobalto y tierras raras, extraídos de zonas sacrificadas habitadas por comunidades vulnerables, originarias o indígenas, impactando salares, sabanas y ecosistemas naturales, y generan residuos difíciles de tratar al final de su vida útil.
El problema radica en la demanda energética desmedida: cambiar la fuente sin alterar el modelo no resuelve nada, como fabricar millones de autos eléctricos que parten salares en busca de litio, dejando sin agua a comunidades que no acceden a ellos.
No hay soluciones mágicas; las energías renovables deben ser parte de la solución, pero es clave cambiar cómo habitamos el mundo, consumiendo menos, repartiendo mejor y pensando en generaciones futuras, o solo renovaremos el modelo destructivo actual.