Después de varios intentos, el equipo llega a Cerro Pericía en los yacimientos de la formación Candeleros, datados entre 100 y 93 millones de años, un ambiente húmedo con cursos de agua abundantes. Comienzan la exploración recorriendo la zona, atentos al suelo en busca de huesos asomando en la superficie para iniciar excavaciones.
Utilizando un pincel para liberar la tierra, evitan pozos iniciales y buscan indicios en la superficie. Tincho descubre un fósil: "Es un cocodrilo. Mirá, esa es una fenestra. Espectacular. Estaba todo tapado en arena." El hallazgo parece bastante completo, posiblemente incluyendo la mandíbula, y planean cortarlo con una sierra especial para llevarlo al laboratorio.
Los cocodrilos de esa época eran terrestres, pequeños como perros medianos, de la familia Araripesuchus, omnívoros con dentición particular y dos caninos desarrollados, midiendo hasta un metro cuarenta. La litología conservó bien los restos, usuales en cráneos. Aíslan el material con yeso para extraerlo sin dañar, y lo prepararán en el museo bajo Matías.
Tras el hallazgo, revisan un mapa para planificar nuevas zonas en la formación Candelero, famosa por carnívoros grandes como Giganotosaurus. Después de almorzar, retoman en otra área del Cenomaniano (95-93 millones de años) y encuentran un pichi vivo, Zaedyus pichiy, midiendo 35 cm con 10 cm de cola y 7-8 bandas en el caparazón, útil para comparaciones con fósiles y otras mulitas.