En los Tuzekula de Estonia, Yamartika Jube, de 18 años, vive desde hace dos meses en la Aldea de la Esperanza, un programa para combatir adicciones a drogas, tabaco y alcohol. Aquí, rodeado de pantanos y pinos centenarios a una hora de Tallin, deja atrás su oscuro pasado y empieza de cero, con una duración de 10 meses a un año. La comunidad, fundada en 2000 por un obispo pentecostal, une a estonios y extranjeros de Rusia, Inglaterra, Letonia y Finlandia en un ambiente libre de vicios.
El día comienza a las 6 de la mañana con estudio de la Biblia en la casa comunitaria, donde la fe cristiana es base, y todos leen en su idioma natal. Más de mil personas han pasado, muchos con antecedentes penales como traficantes, ladrones o asesinos liberados tempranamente bajo supervisión. Incluye nueve casas, aserradero y sauna, fomentando hábitos como deporte y trabajo para evitar recaídas.
Raymond Cook, pastor y director desde hace 14 años tras superar su adicción, enfatiza respeto y compasión sobre castigos, empatizando incluso con criminales endurecidos para descubrir su verdadero yo y guiarlos al crecimiento interior. Los residentes comparten experiencias, se apoyan mutuamente y viven con buena energía, sintiéndose libres por decisión propia. En Estonia, los delitos por drogas se abordan con sensibilidad, priorizando reintegración.