Los comerciantes de varios bazares de Teherán cerraron sus tiendas y se declararon en huelga por razones económicas, con inflación superando el 50%, imposibilitando importar y vender. Desde el primer día de la represión, las manifestaciones fueron reprimidas con extrema dureza, con fuerzas especiales llegando masivamente. Las protestas se extendieron espontáneamente a todo Irán, sumándose ciudades como Mallard, Qashem, Hamadan y Kerman, donde las fuerzas de seguridad usaron violencia letal.
Testimonios describen escenas de terror: una manifestante vio morir a su amiga Sara baleada en el corazón por motochorros que disparaban a quemarropa. Doce personas cayeron en un charco de sangre frente a testigos, incluyendo un padre que perdió a sus tres hijos de 17, 20 y 23 años. Vehículos con ametralladoras Dushka arrasaban como en un frente de guerra, rematando heridos sin piedad, dejando calles inundadas de sangre sin importar edad o género.
El régimen cortó internet, telefonía y alumbrado público para ocultar la masacre. La ONG Human Rights Activist in Iran recopiló evidencias de ejecuciones masivas: balas en la frente, niños mutilados, francotiradores cegando ojos. Un video filtrado mostró cientos de cuerpos en la morgue de Karisak, con familias buscando entre 400 bolsas mortuorias. Autoridades exigían pago por balas (400-500 euros) y bolsas, o firmar que las víctimas eran basijíes o terroristas.
Preocupación global creció por el aislamiento de la población. El predicador cercano al líder supremo llamó a milicias Basij para intimidar. Millones volvieron a las calles pese al miedo, mostrando valor ante la política deliberada de disparar a matar.