Nueva Delhi vio la luz como ciudad planificada en 1931 de la mano del arquitecto Edwin Lutyens, intento heroico de combinar pasado y futuro, de trocar en un continuo presente las laberínticas y caóticas calles de Delhi Antigua por amplios bulevares rodeados con espacios verdes. Noladería es hoy parte de la gran metrópolis de Beli y sede administrativa del país. Ubicada al sur del área urbana, parece querer respirar a pulmón abierto. De bazares abarrotados, de almas inquietas, de las viejas construcciones de arquitectura mogol que adornan un lugar con tres milenios de historia.
A la puntualidad formal de la joven Delhi, ataviada de arterias como la avenida Raspat, Camino de los Reyes, que une emblemáticamente el Palacio Presidencial, morada con fragancias reales, a la puerta de la India, ícono nacional, donde se aviva la memoria y se abren los brazos de este gran país. Fuerte Rojo, la alquila en Indy, fortaleza imponente que empequeñece nuestros pasos y a la vez nos atrae. Nos llama a sentir la historia de su muralla de 6 kilómetros y hasta 33 metros de altura. Magnetismo cultural de muros suavemente decorados que parecen esconder misteriosos tiempos ya sin voz. Arquitectura islámica con influencias hindúes, característica de construcciones mogol, una torre octogonal de lujuriosa inspiración y de cerca el pabellón de mujeres y el jardín de concesión de la vida.
Monumento al Andri, lugar donde el recuerdo del hombre más famoso de la India, Mahatma Gandhi, vive a cielo abierto. Rasgat, o patio real, sencillo sendero de piedras que alcanza una simple loza rectangular de mármol, señalando el lugar donde los restos del carismático activista de la paz fueron incinerados el 31 de enero de 1948. Trazos de roca de toda la India se esparcieron en los alrededores, como almas desgarradas del país que lo ama. Símbolo de unión que todavía hoy reúne hindúes de diferentes castas, leyendo junto al austero monumento. En las inmediaciones entre el bosque de paz y el del poder, los recuerdos de Nehru e Indira Gandhi los flanquean. La llama eterna que arde a orillas del río Yamuna, memoria de quien hizo precisamente de la hospitalidad una filosofía de vida.
Desde lejanos tiempos en los que la dinastía Mogal sembraba jardines persas a orillas del río Yamuna, se fue tejiendo en la historia estos reductos citadinos y colmados de belleza arquitectónica. Agra, fundada en 1504 por Sikandar Lodi, sultán de Delhi, llegó a ser capital oficial del imperio mogol en el siglo XVI, apogeo en el que los reinados de Shahangir y el pericles de la India, Shah Jahan, dieron al mundo maravillas edilicias como el Taj Mahal. Taj Mahal, Palacio de la Corona, culminación de la belleza que se expresó en el espíritu de Shah Jahan y se plasmó en este complejo de atracción absoluta del siglo XVII. El mausoleo del amor y la pasión del soberano por la esposa favorita Mumtaz Mahal, que perdió la vida al dar a luz, descansa aquí rodeada por el más bello ejemplo de la arquitectura mogol, donde confluyen elementos islámicos, persas, hindúes y turcos.
Bullicio de 20.000 obreros, que hoy son extraños turistas, resuenan entre los aires de inspiración romántica, que deambulan bajo la cúpula de mármol blanco, típicamente islámica. Postal viva en edificios, reflejados en el agua, dilatando la perfecta simetría que impera al conjunto entre senderos de mármol y de ladrillos. Es fácil sentir la propia pequeñez ante una fachada decorada con versos del Corán, derramándose en las arcadas principales caligrafías que se adivinan sobre los muros de esta sala octogonal. El rosa de la ciudad rosa que tanto nos llega, porque este color es aquí un símbolo de hospitalidad. Jaipur fue fundada en 1728 en las sierras Arevales por quien recibe su nombre, el Maharaj Hawái Hasim, entusiasta de la astronomía, considerada una ciudad joven si se la compara con los siglos que atesoran otros conglomerados hindúes, y sobre todo, si se observa su planificación de amplias avenidas y simétricas figuras que delimitan nueve barras, ríos rectangulares, todo rodeado por una muralla con diez puertas.
Jaipur y su casco antiguo, donde el color es protagonista. Y un complejo de tres palacios que regalan identidad, Hawa Mahal, el Palacio de los Vientos. Nos acercamos al símbolo de Jaipur, más que un palacio, un monumento. Máximo exponente de la arquitectura Rasput, de clara influencia del arte mogol. Lo que hoy se mantiene en pie, algo más que su fachada, rosa y blanca, formaba parte del palacio de la ciudad. Servía como extensión de la Cámara de las Mujeres, destinada a la harem de mujeres, con rostro escondido, que miraban a través de sus 953 ventanas, sin ser vistas ni de afuera. Pudor, siglo XVIII, que escuchaba silbar al viento en curiosa melodía. Aérea acondicionado natural, que dio nombre al palacio, sus templos y palacios abriendo rendijas dejaron filtrar algún que otro secreto para que los caminantes, nosotros, nos diéramos cuenta que éramos visitantes invitados a un paralelo único e irrepetible de esta eterna aventura de la humanidad. Y los milenios, como una gracia, nos repitieron en voz baja las razones de un país sorprendente, de esa India recóndita que vinimos a buscar.