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Continuación de la visita guiada al Teatro del Círculo de Rosario desde el vestíbulo hasta la sala principal

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Los espejos en el hall central del Teatro del Círculo de Rosario proyectan una profundidad que ensancha el espacio, multiplicando indeciblemente sobre sus consolas los bustos de los genios de la lírica, Verdi y Wagner. Las lámparas iluminan los muros de color cemento apagado con destellos dorados, creando un ambiente exquisito en el vestíbulo. En un recodo, más allá de una escalera que accede a las plantas superiores, otro de los inmortales, cuyo volumen agiganta la admiración de los hombres. Un detalle exquisito que se encuentra en este vestíbulo y que da aliento a los cuentos que se narran a los niños de la ciudad cuando visitan este coliseo son los remates del hierro labrado de la baranda en forma de dragones.

Al subir en los pisos del descanso un destello lumínico resalta los dibujos de estrellas de 12 puntas que forman las tecelas hexagonales rojas, verdes y amarillas. En los techos emblemas de rostro femenino se mezclan a ramas y filas. Vamos camino de la sala, la ópera, la principal del teatro. Al final del siglo XIX, la nueva ciudad de Rosario había alcanzado una estimable burguesía acomodada y opulenta que demandaba un lugar donde ejercitar su espíritu gregario y el arte de las relaciones.

A mediados de 1888, la sociedad anónima Teatro La Ópera decide la construcción de un gran teatro lírico mediante un concurso de anteproyectos. La obra se otorga a los ingenieros arquitectos Cremona y Contri, que basaron su trabajo en el Teatro Regio de Parma, levantado a comienzos del siglo barroco, en 1619. Se inician los trabajos, pero debido a problemas financieros y presupuestarios se interrumpen cuando la construcción había alcanzado el primer piso. La obra es abandonada y con el transcurso de los días se puebla de historias truculentas y perturbadoras. Los rosarinos comienzan a conocerla como la cueva de los ladrones.

Es entonces Emilio Schiffner, empresario prestigioso de la ciudad, quien compra la sociedad y encarga la realización al ingeniero alemán George Goldamer, experto en acústica, quien sigue con fidelidad el proyecto y los planes originales. Inaugurado el 4 de junio de 1904, con la ópera en cuatro actos, Otelo, que el maestro Giuseppe Verdi compusiera sobre el libreto de Arrigo Boito, el teatro fue, desde sus inicios, uno de los más reconocidos centros del país dedicado al arte operístico. Compañías de todo el mundo han trabajado sobre su escenario y vivido cuando las largas jornadas de preparación y las condiciones de las giras así lo pedían en sus salones y camarines.

De mi estimación, antes de abandonar esta ciudad, me es grato manifestar, ya que ello ha de enorgullecer al propietario de la ópera, don Emilio O. Schiffner. Y podríamos agregar a todos los rosarinos que las condiciones acústicas de este teatro son tan completas que nada tiene que envidiarle a los importantes coliseos del mundo que he visitado durante mi carrera artística. Y en tal sentido es parecido al Metropolitan de Nueva York. La carta, fechada un 22 de julio de 1915, es un testimonio de las condiciones acústicas del rey principal del teatro, donde el sonido, que se propaga en el aire a través de ondas elásticas, parece estar reflejado en el diseño de la estructura de la sala.