En los pantanos de Estonia, la comunidad de Lotusekula, conocida como la aldea de la esperanza, acoge a jóvenes como Jan Marti de 18 años, quien desde hace dos meses vive libre de drogas, tabaco y alcohol, escapando de un pasado oscuro de tráfico y consumo. Fundada en 2000 por un obispo de la Iglesia Cristiana Pentecostal, esta aldea a una hora de Tallin ofrece un programa de 10 meses a un año para superar adicciones, con reglas estrictas: nada de sustancias, y un enfoque en respeto y compasión en lugar de dureza y castigos. Los delitos relacionados con drogas se abordan con sensibilidad, priorizando prevención, libertad condicional y vigilancia electrónica, lo que ha vaciado la mitad de las cárceles y bajado la criminalidad.
Hace 15 años, Estonia era un laboratorio de drogas en Europa, abasteciendo a países nórdicos, con muertes por fentanilo cada tres días; hoy se redujeron a una cuarta parte. Aún así, el consumo persiste entre jóvenes, con 100 muertes anuales, la mayoría menores de 40, y 3.000 delitos relacionados con drogas, 40% de reclusos por adicción. Jan Marti cuenta su historia: empezó con marihuana a los 16, luego tráfico por dinero fácil, sintiéndose poderoso, hasta una sobredosis en una fiesta que lo aterrorizó, seguida de ver a su madre llorando, lo que lo impulsó a cambiar.
Ahora, Jan Marti trabaja en el aserradero de Lotusekula con casi 30 hombres, clasificando madera y construyendo casas para la comunidad, financiada por donaciones y subvenciones gubernamentales. Para muchos, es su primer trabajo real. Los sábados incluyen sauna y baño en agua helada a 15 grados bajo cero. Dos meses después, recibe la visita de su madre, marcando el fin de la primera fase, y se siente feliz por la reconciliación. Quiere hacer servicio militar, aprender una profesión para ayudar a otros jóvenes y nunca volver a las drogas.