El bambú es gigante, delgado, altísimo, todo se mueve con el viento como si fuera una coreografía perfecta. Y el clima de hoy ayuda, porque le da como una magia bastante especial. La luz se filtra entre las hojas y el bambú, el piso cruje bajo los pies. Y el sonido es otro, es más profundo, es más suave, es como, no sé, más limpio.
Fuera de tanta ciudad, fuera de tanto ruido, esto es como un oasis en el paraíso. Esto es como estar en un templo sin paredes, es como un templo vegetal al aire libre, que te envuelve, te refresca y te calma. Dicen que el bambú representa flexibilidad, resistencia y armonía en la cultura japonesa. Y cuando estamos acá, todo esto se entiende, sin que nadie te lo tenga que decir.
Acá, en un momento me encontré con un pibe que hacía ilusionismo con una bola de cristal que la verdad me volvió loco, miren lo que es, ¿no parece como que flotara en sus manos? En Kyoto, la espiritualidad está en los templos, pero también en los caminos. Y este bosque es uno de los más místicos que alguna vez caminamos en el resto del mundo. Quiero deciros a poder vivir esto, ¿no? Ahora me voy a callar para que juntos podamos recorrerlo con el silencio y el sonido de naturaleza.
Como siempre, en toda esta parte de Japón, nos encontramos con un pequeño templo Buda, donde la gente deja sus mejores augurios y deseos. Todo es prolijo, ordenado. Ni hablar de la limpieza. No ves un papelito tirado en el piso ni por casualidad. Les voy a compartir unos datos curiosos de este bosque de bambú. El bosque de bambú de Arashiyama está en el distrito Sagano, al oeste de Kioto. Tiene un sendero peatonal de unos 500 metros rodeado por miles de tallos de bambú que alcanzan hasta 20 metros de altura.
El sonido del bambú movido por el viento fue declarado por el gobierno japonés como uno de los 100 sonidos de Japón que hay que preservar. El bosque de bambú de Arashiyama no se explica, se camina, se vive y cada paso es como un poco una meditación. Tokio acelera, Kioto susurra y este bosque te abraza en silencio.