Frente a las aguas profundas del Golfo San Matías, se entrelazan vidas diversas: pescadores artesanales, artistas, científicos, buzos y turistas exploran esta región del Atlántico Sur, atraídos por su singularidad.
Con 200 metros de profundidad y una boca de 120 kilómetros, el golfo se extiende desde Punta Verde en Río Negro hasta la península Valdés en Chubut. Sus aguas tranquilas prometen seguridad para la navegación y oportunidades para los pescadores que zarpan de madrugada desde Piedras Coloradas.
Los mariqueros capturan cangrejo nadador, panopea (almeja gigante), cholga, vieira y navaja, con el mercado actual enfocado en panopea y cangrejo. La pesca artesanal en la región data de la década del 30, con registros importantes desde los 60 en la costa oeste del golfo.
Los buzos usan mangueras de 70 metros para mayor comodidad y duración, evitando tanques que se agotan rápido. Sin embargo, enfrentan la marea roja, una proliferación de microalgas que toxifica moluscos; científicos del Instituto Storni monitorean toxinas para garantizar la seguridad del consumo.
La actividad se transmite generacionalmente en familias de San Antonio, destacando la calidad del agua libre de contaminantes. No hay riesgos para turistas, gracias al sistema de alerta temprana.