El paro nacional impulsado por la CGT contra la reforma laboral, vigente hasta las 12 de la noche, paralizó Buenos Aires sin movilización masiva, dejando calles vacías por la mañana y luego saturadas de autos particulares. El transporte público colapsó: no funcionaron micros, trenes, subtes ni 255 vuelos de Aerolíneas Argentinas reprogramados, mientras solo 65 líneas de Dota operaron parcialmente y 30 en conurbano, afectando terminales como Constitución y Liniers. La recolección de basura se detuvo, acumulando desechos en las calles, y el acatamiento superó el 90% según la CGT, que celebró el impacto contra el gobierno liberal de Javier Milei.
La CGT evaluó el paro como un éxito rotundo, con más del 90% de actividad detenida, afirmando que no retrocederán en derechos laborales y anunciando un plan de acción continuo. En contraste, el jefe de gabinete y vocero Manuel Adorni criticó la huelga como perversa y extorsiva, argumentando que impide a la gente ir a trabajar por falta de transporte, violando la libertad y democracia, y destacando el 80% de imagen negativa de los sindicalistas por complicar la vida de los trabajadores.
En las calles, testimonios de ciudadanos revelan el caos: algunos recurrieron a apps como Didi o Uber, gastando hasta 25 mil pesos en viajes, mientras otros esperaron hasta 25 minutos por colectivos escasos como el 51 o 79. Trabajadores en negro o con presentismo en riesgo, como uno de construcción que sale a las 4:30 AM de Loma de Zamora y trabaja 9 horas diarias más 3 de traslado, optaron por asistir pese al paro para no perder 200 mil pesos en bonos, criticando la reforma laboral como un desastre que no entienden.
La ausencia de transporte forzó a muchos a quedarse en casa, exacerbando el impacto económico del paro, con opiniones divididas entre adherentes y quienes lo ven como una traba personal, en un día marcado por el colapso vial y la recomendación de no sacar basura para evitar acumulación y destrucción por cartoneros.