El Espíritu Santo escoge los campos para la obra misionera de la iglesia, como en el caso de Pablo que intentó predicar en Asia y Bitinia pero fue detenido, recibiendo en cambio la visión del varón macedonio para ir a Europa. Pablo se sometió sin porfiar, entendiendo que era la voluntad de Dios. La Biblia enseña que Dios nos escucha cuando pedimos según su voluntad, y el Espíritu Santo actúa como intérprete y consejero para revelarla en situaciones específicas, como relaciones o decisiones profesionales.
Jesús ejemplificó la sumisión en el Getsemaní, diciendo 'no se haga mi voluntad, sino la tuya', y oramos para que prevalezca la voluntad divina sobre la nuestra. Obsesionarnos con deseos personales, como Sansón con una mujer inapropiada, lleva a la perdición; en cambio, consultar al Espíritu Santo evita errores y asegura lo mejor, aunque no siempre en el momento deseado. Nadie puede planear su destino mejor que Dios, por lo que debemos dejar que Él dirija nuestras vidas.
La clave está en tener una relación de amor siempre creciente con el Espíritu Santo, no emprender ningún camino sin ser enviados ni salir sin su cobertura y llenura, ya que su poder marca la diferencia en nosotros, con nosotros y a través de nosotros.