En el microcentro porteño, el paro general genera caos en el estacionamiento con líneas amarillas ignoradas como si fuera domingo, pero las vueltas para aparcar duran más de 20 minutos y las playas de estacionamiento están saturadas. Pilotes y restricciones impiden estacionar en muchos puntos de Avenida Corrientes.
Bancos cierran al público, obligando a transacciones por transferencias, cajeros automáticos o comercios adheridos como farmacias y estaciones de servicio. Ayer prometieron apertura, pero el paro lo impidió; estaciones IPS permanecen cerradas mientras otras marcas operan, mostrando cambios de último momento en los anuncios iniciales.
La basura se acumula impresionante en las veredas por recolectores adheridos al paro, con bolsas rotas y desparramadas en distintos barrios porteños. Supermercados abren casi todos, recibiendo empleados que llegan en autos pagados por la empresa si no pueden usar colectivos; bares y pizzerías operan con mesas vacías y ventas mínimas.
Empleados caminan hasta 40 cuadras para no perder el día laboral, que se descuenta a fin de mes sumando montos importantes; deciden asistir pese al esfuerzo por necesidad económica. Turistas de Río Negro, víctimas de vuelos suspendidos, extienden su estadía hasta el domingo pagando hoteles no reservados, perdiendo tres días de viaje y enfrentando una ciudad más tranquila pero caótica por el paro.