En la Plaza Constitución, la estación principal de trenes y colectivos aparece prácticamente vacía, con la puerta principal cerrada y una senda peatonal desierta, contrastando con el habitual flujo de decenas de personas. El tránsito es mínimo, con choferes de aplicaciones como Uber deteniéndose sin pasajeros y grupos compartiendo autos para llegar a trabajar, evidenciando el bajo movimiento por el paro. Las paradas de colectivos muestran dársenas desoladas, con nadie esperando en los banquitos, y solo algunas líneas como Dota (100, 51, 20, 28) operando con cronograma normal y pasajeros subiéndose esporádicamente.
Entrevistas en el lugar revelan frustración: un hombre espera el colectivo 98 sin éxito, destacando la ausencia total de servicios habituales. La línea 60, emblemática y con alta utilización, ofrece un servicio reducido debido a la adhesión mayoritaria de choferes al paro, resultando en colas elocuentes y pocas unidades circulando. Una cajera rumbo a Recoleta confiesa estar de acuerdo con el paro pero ir a trabajar por necesidad, sin saber si le descontarían el día, mientras otra persona en oficina de turismo reporta esperas mucho mayores a lo usual, tomando colectivos en dos minutos normalmente pero ahora con demoras significativas.
Otras entrevistas muestran neutralidad: una persona evita opinar al dirigirse a un cumpleaños, calificándose de ignorante en el tema. La imagen general es de desolación dominical en un día laboral, con la estación de subtes y trenes vacía, y solo opciones limitadas para quienes deben movilizarse, subrayando el impacto masivo del paro convocado por la CGT con adhesión esperada del 90% de sindicatos.
El paro afecta no solo el transporte público sino la rutina diaria, obligando a alternativas precarias y generando tensión entre apoyo a la protesta y obligaciones laborales, en el contexto de la oposición a la reforma laboral.