En un giro dramático de la vida, Marcelo y su esposa Gisela, maestra de la Escuela 30 en el barrio Los Ceibos, fueron asaltados a mano armada por jóvenes del mismo vecindario que posiblemente la reconocieron. Los delincuentes irrumpieron cuando la pareja salía en su auto, apuntándoles con revólveres y disparando al aire antes de huir con celulares y accesos a cuentas digitales.
Gisela, con 26 años de docencia, sintió que uno de los asaltantes se congeló al verla, sugiriendo un vínculo pasado como exalumnos o familiares de la comunidad escolar. El robo incluyó un culatazo a Marcelo, dejando heridas físicas y emocionales, mientras los ladrones usaron el teléfono robado para compras inmediatas en comercios locales.
La zona, con comercios y un club infantil cercano, sufre robos frecuentes, incluyendo autos y bolsos en actividades deportivas. La pareja expresa frustración por no haber guiado a estos jóvenes por el buen camino, destacando la inseguridad que transforma barrios en zonas de riesgo constante.
Este caso ilustra el fenómeno creciente de delincuencia intra-barrial, donde la proximidad entre víctimas y victimarios agrava el impacto psicológico en comunidades unidas.