En festivales populares como Cosquín Rock y La Chaya, artistas han utilizado sus presentaciones para criticar al gobierno de Javier Milei y sus reformas, cuestionando políticas laborales y sociales. Figuras como Trueno y Ramiro González han dedicado canciones a temas sensibles, como la memoria de desaparecidos o el rol de la policía, generando debate sobre el uso de escenarios culturales como tribunas políticas.
Estas expresiones resaltan una desconexión con la realidad de muchos argentinos, según analistas, quienes argumentan que los artistas representan minorías ruidosas que no digieren los cambios impulsados por el voto popular. En lugar de clamar por víctimas de la inseguridad, como el asesinato de Kim Gómez o un agente penitenciario en José C. Paz, se romantiza la marginalidad, incluyendo gestos que avalan la delincuencia.
El culto a la marginalidad en la cultura argentina ha sido criticado por perpetuar una narrativa que ignora el apoyo mayoritario a la policía y las fuerzas de seguridad. Eventos como el asesinato en Mercedes durante el carnaval, donde una familia entera participó en un crimen por una discusión trivial, subrayan la urgencia de un cambio cultural que valore el trabajo honesto y rechace la violencia.
La verdadera cultura, afirman voces disidentes, incluye a trabajadores cotidianos como plomeros y colectiveros, quienes ven esperanza en las transformaciones actuales, contrastando con las críticas elitistas desde los escenarios.