Cuba enfrenta una severa crisis energética con apagones que dejan sin luz al 65% de sus ciudadanos durante horas diarias, exacerbando las dificultades en un verano caluroso. Heladeras se descongelan, alimentos se pierden y la vida cotidiana se paraliza en La Habana y otras ciudades, donde familias recurren a cocinar con leña ante la escasez. Esta situación, que afecta incluso a hoteles de lujo obligados a reubicar turistas, resalta la vulnerabilidad de la isla ante la dependencia externa de combustibles.
La raíz del problema radica en la interrupción de suministros de petróleo de Venezuela, principal proveedor, agravada por sanciones estadounidenses que amenazan a aliados como Irán o Rusia con aranceles por asistir a La Habana. Cuba, que produce principalmente azúcar, tabaco y ron, necesita 150.000 barriles diarios pero recibe mucho menos desde la intervención de Trump en 2019. Aviones han cancelado vuelos por falta de combustible, y el malecón habanero se convierte en escenario de protestas silenciosas por la precariedad.
Expertos advierten que sin diversificación energética, la isla podría enfrentar colapsos mayores. El deshielo con Obama trajo alivio temporal, pero la actual bonanza petrolera global no alcanza a Cuba. Esta crisis humanitaria urge soluciones diplomáticas y recuerda las lecciones de resiliencia del pueblo cubano, que navega entre tradición y necesidad en tiempos de oscuridad literal.