El estrés térmico afecta gravemente a los sistemas de producción bovina de carne y leche en épocas de altas temperaturas y humedad, como el verano argentino. Condiciones ambientales extremas reducen la ganancia de peso, disminuyen la producción de leche y, en casos severos, provocan mortandades por golpe de calor. Cada raza y sistema tiene un rango de temperatura de termoneutralidad, pero en regiones como el norte de Argentina, los impactos productivos y sanitarios se exacerban rápidamente.
Factores agravantes incluyen el consumo de micotoxinas en pasturas contaminadas, como la festucosis causada por hongos endófitos en festucas o el cornezuelo en subproductos. Estos tóxicos alteran la termorregulación animal, impidiendo la eliminación eficiente del calor. En entornos de pastoreo, los animales expuestos a estas combinaciones sufren mayor vulnerabilidad, lo que resalta la importancia de monitorear la calidad de los forrajes.
Para mitigar estos riesgos, se recomienda evaluar la presencia de micotoxinas en alimentos, ajustar densidades de siembra en pasturas y modificar estrategias de manejo. Encerrar animales durante las horas pico de calor, reprogramar alimentaciones y trabajos, y optar por razas más resistentes son medidas clave. Estas prácticas no solo preservan la salud animal, sino que optimizan la productividad y reducen pérdidas económicas en un sector vital para la economía rural.
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Cómo prevenir el estrés térmico en bovinos durante el verano
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