La economía china enfrenta una desaceleración notable en su demanda interna y sector inmobiliario, pero logra cumplir con sus objetivos de crecimiento del 5% anual impulsada por las exportaciones masivas. A pesar del derrumbe del mercado de viviendas, que representaba un tercio del PIB antes de 2020, el país financia su deuda creciente, que se ha duplicado desde 2015 y roza el 100% del PIB, mediante ahorros de los contribuyentes. Esta dualidad económica resalta cómo las exportaciones compensan la debilidad doméstica, aunque generan tensiones globales por prácticas de precios bajos.
El declive demográfico agrava los desafíos a largo plazo, con la población en edad laboral proyectada a reducirse drásticamente del 70% en 2010 a menos del 40% en 2090, lo que disminuirá la demanda interna. La deflación persistente desde hace tres años se debe a una falta de consumo, exacerbada por un sistema de previsión social básico que fomenta el ahorro excesivo en lugar del gasto. Los precios de la vivienda han caído más del 5% el año pasado, impactando salarios públicos y financiamiento estatal, lo que frena el consumo familiar.
Para contrarrestar esto, expertos recomiendan políticas fiscales y monetarias más agresivas enfocadas en la demanda interna y el gasto en previsión social. Mientras tanto, las empresas chinas priorizan la competitividad global, aceptando pérdidas para ganar cuota de mercado, respaldadas por un sistema financiero que presta sin restricciones. Esto genera preocupaciones en Europa y otros mercados por el dumping, aunque Pekín apuesta por la autosuficiencia tecnológica y estabilidad financiera a mediano plazo.
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China mantiene crecimiento gracias a exportaciones pese a crisis interna
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