El almacenamiento de energía es clave para superar las fluctuaciones de las renovables, con proyecciones de necesitar más de 1.000 gigavatios para 2050 si se cumplen metas de reducción de CO2. El mercado global podría superar los 230.000 millones de dólares en siete años, dominado por baterías de iones de litio usadas en autos eléctricos, pero estas dependen de materias primas como cobalto y níquel extraídos en condiciones cuestionables, y plantean riesgos de incendios, como el de una instalación en California en 2025 que ardió días.
Las baterías de flujo Redox, patentadas por la NASA en los 70, ofrecen una alternativa segura y escalable. En ellas, la energía se transporta por líquidos electrolitos en tanques externos, permitiendo ampliar capacidad independientemente de la potencia sin desechar componentes al fallar. Investigadoras como Claudia Beidlich destacan su durabilidad y reutilización del electrolito, como en versiones de vanadio, superando costos iniciales de litio a largo plazo.
Estas baterías evitan sobrecalentamientos al separar almacenamiento y potencia, usando electrodos donde electrones fluyen entre polos. Flexibles para grandes escalas, son ideales para equilibrar producción solar y eólica durante periodos nublados o sin viento, como en diciembre de 2024 en Alemania. Representan un avance hacia un almacenamiento sostenible, minimizando impactos ambientales y mejorando la seguridad en la transición energética global.
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Baterías de Flujo Redox: El Futuro Seguro del Almacenamiento Energético
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