Mujeres como Beatriz Berger sufren secuelas irreversibles tras inyecciones de sustancias derivadas del petróleo aplicadas por el esteticista ilegal Eduardo Lotoqui, quien prometía transformaciones corporales sin riesgos. Beatriz, quien se sometió al procedimiento en los glúteos, desarrolló nódulos dolorosos, manchas en la piel y el síndrome ASIA, una enfermedad autoinmune que le impidió caminar y afectó sus riñones. Tuvo que viajar a Colombia para una cirugía reconstructiva, donde médicos extrajeron material tóxico que desprendía un olor a petróleo, requiriendo múltiples barbijos para la operación.
El material inyectado migra por el cuerpo, llegando a pulmones y órganos vitales, con riesgos que pueden manifestarse entre seis meses y 30 años después, incluyendo cáncer. Beatriz vendió su departamento para costear tratamientos, uniéndose a decenas de víctimas que denuncian la impunidad de Lotoqui, condenado pero sin avances judiciales significativos. Otras pacientes reportan dolores crónicos y limitaciones físicas, viviendo con el temor constante de complicaciones futuras.
Expertos advierten sobre los peligros de procedimientos estéticos no regulados, urgiendo investigaciones exhaustivas en clínicas extranjeras como las de Colombia, donde especialistas documentan casos similares. La justicia argentina debe priorizar estas causas para evitar más tragedias, protegiendo a quienes buscan mejorar su apariencia a costa de su salud.
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Víctimas de biopolímeros: el drama de las inyecciones ilegales de Lotoqui
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