Molinos, un pueblo de apenas mil quinientos habitantes en los Valles Calchaquíes, cautiva con su calle principal, la Abraham Cornejo, donde el silencio aturde como un eco del pasado. Las paredes blancas, teñidas de ocre por el viento, y los farolitos coloniales evocan una época detenida en el tiempo, preservando tradiciones que definen la esencia salteña. Este rincón histórico alberga el Museo Indalesio Gómez, dedicado al diputado nacional que impulsó la Ley Sáenz Peña, garantizando el sufragio universal en Argentina.
La arquitectura cusqueña, con puertas dobles en las esquinas para facilitar el comercio y refrescar las casas en el verano abrasador, añade un toque de ingenio ancestral. Molinos también guarda en su iglesia al último gobernador realista de Salta, un símbolo de la resistencia conservadora ante la independencia, que tardó en llegar a esta provincia remota. Estas huellas del ayer subrayan cómo el lugar mantiene viva su herencia cultural.
Visitar Molinos es sumergirse en un ambiente de paz absoluta, donde los cerros y olmos centenarios invitan a la reflexión. La combinación de historia política y arquitectura colonial hace de este pueblo un tesoro oculto para quienes buscan autenticidad en el noroeste argentino.
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El silencio eterno y la historia colonial de Molinos
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