La crisis de opioides en Estados Unidos se remonta a 1996, cuando Purdue Pharma lanzó OxyContin, un analgésico basado en oxicodona presentado como no adictivo. La familia Sackler, dueños de la compañía, impulsó una agresiva campaña de marketing que convenció a médicos de prescribirlo ampliamente, mintiendo sobre su bajo riesgo de dependencia. En zonas vulnerables como los Apalaches, esto generó adicciones masivas, destruyendo comunidades con cierres industriales y desesperación económica.
Comerciales capacitados visitaban médicos diariamente, ofreciendo incentivos y argumentos como la 'pseudoadicción' para justificar dosis crecientes, ignorando evidencias de sobredosis. Purdue expandió el modelo globalmente bajo nombres como Mundipharma, replicando tácticas en Europa pese a resistencias regulatorias. Testimonios de ex-empleados revelan presiones internas y conocimiento de los peligros, mientras familias Sackler acumulaban fortunas a costa de millones de vidas afectadas.
Decenas de miles de muertes anuales han impulsado demandas judiciales, exponiendo documentos que confirman el engaño. Aunque Purdue enfrentó multas, críticos exigen responsabilidad personal de los Sackler. La epidemia, que comenzó con prescripciones legítimas, evolucionó a fentanilo callejero, subrayando la necesidad de reformas en la industria farmacéutica para prevenir futuras catástrofes de salud pública.