En las fértiles tierras de Entre Ríos, surgió a fines del siglo XIX un ambicioso proyecto inspirado en el socialismo utópico de Charles Fourier. Etienne Cabet Durando, un inmigrante francés perseguido en Europa por sus ideas radicales y prácticas esotéricas, fundó en 1880 una comunidad agrícola de 200 hectáreas cerca de San José. Reunió a 130 colonos suizos, franceses e italianos, prometiéndoles techo, alimento y educación a cambio de entregar sus bienes y adherir a un sistema de autoabastecimiento colectivo.
La vida en el falansterio era estrictamente organizada: un comedor comunitario, una escuela con clases de aritmética, idiomas y oficios prácticos como herrería y costura, y una fábrica para procesar maíz, trigo y uvas. Durando se presentaba como el enviado de Dios, comunicándose supuestamente con la divinidad a través de escritos y voces que emanaban de escondites en su habitación. Sus métodos, que incluían curanderismo con plantas medicinales y rituales esotéricos, mantenían a la comunidad bajo un control férreo, aislada del mundo exterior.
El experimento duró hasta 1916, cuando Durando falleció. Sus seguidores, convencidos de su divinidad, lo velaron sentado en un carruaje durante dos días, esperando su resurrección. La desilusión y la intervención municipal marcaron el declive, dejando ruinas que hoy evocan un capítulo fascinante de la historia argentina, donde utopía y misticismo se entrelazaron en un sueño colectivo fallido.