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Desmantelamiento de la planta nuclear de Greifswald: un legado costoso y prolongado

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En el noreste de Alemania, el desmantelamiento de la central nuclear de Greifswald, orgullo soviético de los años 70, se ha convertido en uno de los proyectos civiles más ambiciosos y onerosos del mundo, superando en décadas y costos las estimaciones iniciales. Cerrada en 1990 tras la reunificación, la planta requiere la remoción de 330.000 toneladas de material radiactivo, un proceso laborioso que involucra descontaminación estricta y almacenamiento seguro de residuos que permanecen peligrosos por cientos de miles de años.

Trabajadores miden radiación en cada centímetro, eliminando capas contaminadas con chorros de agua o arena, mientras componentes como la vasija del reactor ya han sido desmontados. El combustible nuclear, enfriado durante siete años, se guarda provisionalmente, pero Alemania carece de un depósito permanente para residuos de alta actividad, un problema compartido por solo dos de 31 países nucleares. Sorpresas como contaminación oculta en edificios exigen remociones adicionales, elevando costos a diez veces lo previsto.

Este esfuerzo, que ocupará generaciones, resalta los desafíos éticos y logísticos de la energía nuclear post-Chernóbil. La Agencia Internacional de Energía Atómica estima 15-20 años más de trabajo, subrayando la necesidad de soluciones globales para el legado radiactivo y la transición hacia energías limpias sin comprometer la seguridad.