Ezequiel creció en una familia numerosa marcada por la pobreza extrema en Tucumán, donde siete hermanos luchaban por sobrevivir. Desde niño, enfrentó necesidades que lo llevaron a buscar comida en basureros y, a los 12 años, a involucrarse en malas compañías, probando marihuana, alcohol y, más tarde, cocaína. Esta espiral lo convirtió en una persona agresiva y violenta, participando en bandas, enfrentamientos armados y hasta un incidente donde apuntó un arma a otra persona en una situación de vida o muerte. A pesar del vacío interior, su vida parecía destinada al caos.
El encuentro con su futura esposa trajo un breve respiro, pero su obsesión y adicciones la arrastraron al mismo abismo, culminando en una separación devastadora. Perdió su trabajo, acumuló deudas y, en un punto crítico, intentó suicidarse tres veces, incluyendo una noche en la que preparó una carta de despedida y se ató para acabar con su vida. A los 20 años de sufrimiento, se mudó a otra ciudad buscando cambio, pero el dolor persistía hasta que, por casualidad, pasó por una iglesia de la Universal y decidió entrar. Allí, en una reunión, recibió paz y esperanza que lo impulsaron a entregar sus vicios y orgullo.
Bautizado en las aguas, Ezequiel comenzó a cambiar radicalmente: pagó sus deudas en un mes y medio, ascendió en su trabajo y reconquistó a su esposa, casándose en el altar. Al priorizar a Dios con sus primicias y oración, recibió el Espíritu Santo, que le dio dirección y gozo. Hoy, comparte su testimonio para animar a otros en situaciones similares, afirmando que poner a Dios en primer lugar transformó su vacío en plenitud y lo hizo un hombre feliz y estable.
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Pare de sufrir
De la adicción y el suicidio a una vida transformada: el testimonio de Ezequiel
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