Claudio María, en una confesión sincera, revela que pese a amar incondicionalmente a sus nietas –Solcita de 4 años y Almita de un año y medio–, no posee la vocación tradicional para el rol de abuelo. Durante una reciente visita a Uruguay para cuidarlas mientras sus padres, médicos con exigentes guardias, trabajaban, experimentó las demandas constantes de entretenerlas: cantar, bailar, contar cuentos y limitar el tiempo frente a pantallas. A los 30 minutos, ya contaba los minutos para el regreso de los padres, reconociendo que su energía se agota rápidamente ante la insistencia infantil por más atención y juegos.
Esta experiencia choca con el mito popular de que los nietos rejuvenecen a los abuelos, permitiendo revivir la paternidad sin responsabilidades. Claudio María, padre a edades tempranas (20 y 23 años para sus hijos varones, 45 y 47 para las hijas adolescentes), lidia diariamente con el caos adolescente en casa, por lo que no busca replicar la intensidad de la niñez. Aunque disfruta las videollamadas y fotos diarias, admite que tras dos horas de cuidado directo, surge la fatiga, agravada por su edad –considera que llegó 'viejo' al abuelazgo– y la falta de paciencia para improvisar actividades ininterrumpidas.
La reflexión invita a otros abuelos a cuestionar sus propias experiencias, reconociendo que no todos encajan en el estereotipo idealizado. Claudio enfatiza el amor profundo –'daría mi sangre por ellas'– pero distingue entre afecto genuino y la capacidad para el cuidado prolongado, proponiendo que el abuelazgo sea selectivo y no una obligación constante. Esta honestidad busca desmitificar expectativas familiares, promoviendo un equilibrio realista en las dinámicas intergeneracionales.
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Claudio María confiesa su falta de vocación para el abuelazgo en una reflexión emotiva
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