Argentina ocupa el primer lugar en el ranking mundial de estrés, superando a naciones como Finlandia y Canadá, según estudios recientes. Este fenómeno se ve agravado por la inestabilidad económica y social, afectando no solo a adultos sino también a niños y jóvenes, quienes absorben el ambiente tenso de sus entornos familiares y educativos.
En Córdoba, por ejemplo, se registra un aumento alarmante de suicidios entre jóvenes de 21 a 30 años, vinculado al estrés crónico derivado de presiones laborales, uso excesivo de pantallas y falta de esparcimiento. Expertos destacan que los niños de hoy enfrentan demandas constantes, con menos tiempo para el juego libre comparado con generaciones pasadas, lo que genera trastornos del sueño y ansiedad generalizada.
Para mitigar este impacto, se recomienda fomentar el diálogo familiar, limitar el tiempo frente a dispositivos y promover actividades recreativas. En contextos culturales como el argentino, donde la queja y la inestabilidad potencian el estrés, recuperar el contacto humano y el descanso es clave para prevenir situaciones extremas y mejorar la salud mental colectiva.