En un sincero mea culpa, encuestólogos reconocen que su profesión ha sido prostituida por colegas que manipulan datos por dinero, erosionando la confianza en las encuestas como herramienta para medir la opinión pública. Jorge Giacobbe, consultor experimentado, afirma que muchos 'hijos de puta' alteran resultados para clientes políticos, basados en teorías obsoletas como el 'carro del vencedor', que hoy no aplican en contextos volátiles como el argentino.
Esta crítica surge en medio de debates sobre reformas laborales y penales, donde las encuestas muestran esperanza en el gobierno de Milei, con un 46% a favor de la reforma laboral, pero también riesgos como la conversión de esperanza en ansiedad. Giacobbe distingue entre la ciencia estadística válida y los abusos, comparando a los manipuladores con 'Giselle Rimolo' en medicina: excepciones que dañan la credibilidad general.
Los políticos compran estas encuestas falsas para tergiversar percepciones, pero el público, harto de desinformación, desconfía legítimamente. Purgar el rubro requiere diferenciar honestidad de fraude, ya que en elecciones pasadas, resultados reales han desmentido manipulaciones, subrayando que la verdad emerge pese a intentos de distorsión.
Esta autocrítica busca restaurar el prestigio de la encuestología, esencial para entender dinámicas sociales en un año impredecible, donde múltiples 'relojes' miden paciencia, expectativas y grietas políticas, más allá de la polarización Milei vs. progresismo.